EL VINO Y EL CEREBRO, ARTISTAS DE LA REALIDAD

 EL VINO Y EL CEREBRO, ARTISTAS DE LA REALIDAD

Hay conversaciones que comienzan con una pregunta científica y terminan tocando algo profundamente humano. Para la Dra. Mayela Rodríguez Violante, la memoria, las emociones y la percepción son puertas de entrada para comprender el cerebro: un enigma que no sólo lo estudia desde la consulta o la investigación, sino también en momentos más íntimos, como una charla frente a una copa de vino.

Aunque el mundo la conoce como una neuróloga de prestigio internacional, quienes la conocemos personalmente sabemos que su pasión por el vino y su formación como sommelier le han abierto otra forma de explorar la mente humana.

Para la Dra. Rodríguez, una botella es mucho más que una bebida. Es geografía, clima, biología, química y tiempo reunidos en un mismo espacio. Quizá por eso encontró en el vino una extensión natural de las preguntas que se plantea como neuróloga: tanto en la consulta como en la cata, la búsqueda es la misma, comprender cómo responde el cerebro a los estímulos que recibe.

Suele desmontar una de las creencias más arraigadas sobre el vino: la idea de que lo degustamos únicamente con la lengua. En realidad, la lengua apenas identifica los sabores básicos. La riqueza de la degustación ocurre cuando los compuestos aromáticos alcanzan los receptores olfativos y el cerebro integra esa información. Lo que llamamos sabor es, en gran medida, una construcción cerebral.

Lo fascinante sucede cuando esas señales se conectan con regiones vinculadas a la emoción, el placer y lo vivido. Entonces una simple información química adquiere sentido. Una molécula no contiene nostalgia, belleza ni felicidad; es el cerebro quien transforma ese estímulo en algo capaz de conmovernos.

Por eso dos personas pueden probar el mismo vino y vivir experiencias completamente distintas. Cada una llega a la copa con su propia biografía sensorial, sus asociaciones y su mundo emocional. El cerebro no registra la realidad como una cámara: la interpreta. Y en esa interpretación construye una vivencia única para cada individuo.

Tal vez nada lo demuestra mejor que el poder de los aromas. El perfume contenido en una copa puede devolvernos, en un instante, un momento que creíamos perdido. No porque los olores recuerden de manera intelectual, sino porque despiertan asociaciones profundas. Llegan a zonas íntimas de nuestra historia y reactivan aquello que sigue habitando dentro de nosotros.

Escuchando hablar a la doctora, comprendí que el vino es para ella una llave. A través de él no sólo observa el funcionamiento del cerebro, sino también aquello que nos constituye: la huella de lo vivido, la persistencia de los afectos y esa trama invisible que va dando forma a nuestra identidad.

En la neurología, ella observa cada día cómo una lesión puede alterar funciones específicas de manera precisa. El vino, en cambio, le muestra el otro extremo del espectro: la extraordinaria capacidad de un cerebro sano para integrar estímulos, recuerdos, cultura y emoción en una experiencia cargada de significado. El color, el aroma y el sabor no existen realmente dentro de la botella como los percibimos; son señales físicas que el cerebro transforma en belleza, cultura y sentido.

Quizá esa sea una de las ideas más profundas que emergió de esta conversación: la realidad no es algo que simplemente encontramos, sino también algo que construimos. Como suele decir la Dra. Rodriguez Violante, el vino demuestra una y otra vez que el cerebro no es un receptor pasivo del mundo exterior, sino el creador de la experiencia que vivimos.

Cuando le pregunté qué le habían enseñado el cerebro y el vino sobre la naturaleza humana, su respuesta tuvo la serenidad de las verdades que sólo llegan después de muchos años de observación “ambos hablan de la fragilidad del tiempo, de la naturaleza escurridiza de la memoria y de ese profundo deseo de conexión emocional que nos acompaña toda la vida. Nos recuerdan nuestra vulnerabilidad, pero también nuestra extraordinaria capacidad para transformar lo vivido en significado.”

Después de escucharla, me resultó imposible no pensar que, al final, somos criaturas de biología y química, sí, pero también de afectos, pérdidas, encuentros y permanencias. Somos aquello que el tiempo transforma, pero no logra borrar del todo. Y, como los grandes vinos, nuestro verdadero valor no está sólo en envejecer, sino en las huellas que el tiempo va dibujando en nosotros y en los vínculos que siguen dando sentido incluso cuando todo lo demás parece desvanecerse.

NATALIA VON RETTEG

FOTÓGRAFA Y WINELOVER

FB/IG: @benvolere

X: @b_vinos

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